¿Escuchaste ese ruido? Sí, un ruido. Pero si fue más claro que el agua. Ahí, por el arroyo. Pará, callate un poco y prestá atención. Otra vez… ¡Ahí! ¿Lo escuchaste? ¿Cómo que no lo escuchaste? Un golpe seco… Ahí, te digo. Qué sé yo de dónde viene… De la noche… No, te confundiste con eso, pendejo. ¿Te pensás que soy un maricón? No le tengo miedo a lo oscuridad, eh, no soy un pendejo como vos. Sí, decí lo que quieras, pero sos un pendejo y debiste haber escuchado cada cosa de mí… Te digo más, me gusta la noche: los grillos cantan, las liebres corren de acá para allá... Mirá, seguro que a vos te joden estas cosas y seguro que te asusta acampar en medio de la nada, con todos estos bichos rompiendo las bolas toda la noche. Dale, admitilo, pendejo: sé que te asusta. ¿Un poquito nomás? ¿No ves que sos pendejo?
A mí no me asusta, te digo. Me gusta esta vida. Antes era un bicho de ciudad, pero ahora estoy acostumbrado. Las sombras son sombras y los ruidos, ruidos. ¡Ahí! Otra vez… ¿Cómo? ¿De verdad me decís que no lo escuchaste? No seas boludo, no te quiero asustar… Fue tan claro. ¿De verdad me decís? ¿No escuchaste nada? Es como un tambor, como si te tropezaras con una batería: “pum-pum, paf”. Pará, pará… Escuchá, escuchá… ¿Y eso? Eso le tenés que haber escuchado. ¿Tampoco? Un grito. No sé, un tipo que anda dando vueltas, qué se yo... Ya sé que es de noche, ¿nunca saliste a caminar de noche? Sí, la puta naturaleza, puede ser. Ya sé, pendejo. Pero fue diferente, éste fue diferente. Mirá… la verdad, no te quería decir nada, vas a pensar que estoy loco, a lo mejor ya lo pensás, pero te lo voy a contar igual. No me hago el interesante. Pero no… Callate y escuchame; después decí lo que quieras. Yo te lo voy a contar y vos te vas a callar, así de simple. Pasame el vino. Está bueno el tinto, eh. Tirá un par de troncos más, así dura. Sí, es un poco largo. No soy vueltero, quiero que me des bola. La verdad, pendejo, me importa tres carajos que me creas. Quiero que escuches, nada más. No, nada que ver. Bueno, sí. Un poco sí. Por eso quería venir y contártelo acá; para que veas que soy viejo, pero no loco y tampoco boludo. Tomá un poco de vino, lo vas a necesitar.
Mirá, algunas cosas que cuentan son verdad. Vos sabés que vivo en las afueras del pueblo, ¿no? No les des bola a lo que cuentan por ahí, yo te canto la posta. ¿Para qué te voy a mentir? Me separaré hace como cuatro años y quería alejarme un poco del quilombo y de todo lo que decían por ahí, por eso me vine para el rancho. No, ¿viste que dicen giladas? Tengo dos pibes geniales, uno mejor que el otro. Los veo todos los fines de semana. Sí, pasame el vino. ¿No querés tomar algo más fuerte? En la mochila tengo un güisquicito que pasa como una maravilla… Vos te lo perdés. ¿En qué andaba…? Ah, sí, los pibes. Nada, que son una maravilla. No quiero hablar de los pibes. Trabajo en la estación de servicio del Tito, eso también es verdad. Pero mirá que se dicen muchas boludeces y por ahí andan diciendo que... No, no fumo, gracias. Tampoco veo televisión, ¿viste qué tipo raro? Y sí, prefiero la radio y los libros. No entiendo ni la mitad de las cosas que pasan en la tele. Cuanto tengo un poco de tiempo libre, me leo algún libro o escuchó al boludo de Fernández. Sí, ya sé, pero tampoco puedo vivir sin saber nada, pendejo. También tomo, y de lo lindo. A veces salgo a caminar y me siento justo ahí, al lado del arroyo. Sí, a veces vengo de noche. Vengo solo, ¿no te dije que no tengo miedo…? Es que parecés tarado. Me siento en ese tronco y me tomo lo que venga, un güisqui o unos vinos. Me siento y escucho, pienso, me pongo en pedo... Casi siempre todo está tranquilo, pero a veces los escucho. Sí, pendejo, los escucho. Esos tambores de mierda….
Callate y te cuento: una noche andaba acampando con los pibes por acá. Antes veníamos seguido porque me gustaba que tomaran aire puro y se alejaran de la mierda del pueblo. Todavía estaba casado, sí, pero la vieja no venía ni en pedo. A ella sí la asustaba. La noche, los ruidos, todo eso... ¿En qué iba…? Sí… Pará que tomo un poco, tengo la boca seca. Vinimos con los pibes y acampamos justo por acá. Los chicos se durmieron temprano y yo aproveché y me quedé tomando unos mates, antes tomaba mate yo. Y sí, me quedé disfrutando de la noche, estaba de lindo. Sí, igual que ahora. Mirá, estaba sentado por acá y de repente me vinieron unas ganas de mear que ni te cuento. Caminé hasta el arroyo y descargué sobre el agua. Sí, vacas de mierda, ojalá que alguna se haya tomado mi meada, tantas veces habré tomado la suya. Entonces, mientras hacía lo mío, lo escuché por primera vez. Parecía un tambor, se escuchaba bajito, lejano. Sonó otra vez y otra. Y me pegué un cagazo, qué querés que te diga; del susto me meé los pantalones. Puteé al aire y corté el chorro de seco. Escuché con atención y oí un grito, como si estuviesen cagando a palos a alguien. Mirá, en ese momento ni lo pensé. Me subí la bragueta y fui a buscar la linterna y el chumbo, y me mandé. Llevaba el chumbo por los pibes, no pienses cualquier cosa, pendejo, eh. Los pibes estaban dormidos y no se iban a dar cuenta de nada. Qué se yo, no lo pensé. Callate y escuchá.
Crucé el arroyo y caminé un buen rato. Los tambores sonaban cada vez más cerca y los gritos, también. Estaba cagado, te juro que sí, pero quería saber qué carajo pasaba; además... Pará, pasame el vino… No, no es fácil contártelo, se me pone la piel de gallina. Mirá cómo me tiemblan las manos... ¿En qué iba…? Caminé un buen rato, pasé otro arroyo y llegué a un claro. Entonces lo vi, pendejo, y te juro que cualquiera se hubiese meado encima. Menos mal que ya había descargado, viste, apenas me salieron unas gotitas. Me escondí detrás de un arbusto y miré para el claro: había como cinco tipos, todos vestidos de blanco y con capuchas. Estaban sentados en círculo. Sí, una fogata de la gran puta. Ésta es un poroto comparado con ésa. Y arriba de la fogata, pendejo, arriba… No, no, está bien. Ahora sigo, pero pasame el vino… Dos tipos tocaban un tambor gigante, el resto cantaba algo raro. No sé, nunca escuché nada parecido. Pensé que se trataba de un aquelarre o alguna de esas pelotudeces que hacen algunos, hay cada loco suelto. Pero no, pendejo, esto era peor. Todos parecían locos, cantaban, bailaban, no te lo puedo describir. De repente volvieron los gritos y del susto solté la linterna que se hizo mierda contra una piedra. No sabés el cagazo que me pegué… La que gritaba era una piba que colgaba sobre el fuego. La estaban asando viva, pendejo. Te lo juro. No sé qué carajo escuchaste por el pueblo, qué te dijeron esos viejos chotos... Fue lo peor que vi en mi vida. Encima estaba tan cagado que no me podía mover. Me quedé como un boludo mirando lo que pasaba. Uno de los tipos afilaba un cuchillo y otro le arrojaba unas flores a la piba que no paraba de gritar. Los otros seguían con los tambores y el que quedaba seguía cantando. Así estuvieron un rato y yo meta a mirar en vez de salir corriendo… Entonces el tipo del cuchillo clavó el filo en la pierna de la piba, y la piba gritó como nunca. ¿Qué querés que te diga? En ese momento cerré los ojos y me encomendé a Dios; no quería ver más nada, quería rajar de una buena vez. La piba volvió a gritar y me vino un afloje y caí despatarrado. Sentí el chumbo en la cintura, pero ni lo pensé, pendejo. Me paré y corrí, salí cagando. Sí, te juro que sí. Jamás estuve tan asustado. Del julepe que tenía me caí como cinco veces y todo el tiempo pensaba que uno de los encapuchados me iba a trinchar como a la piba… Qué sensación de mierda, pendejo.
Cuando llegué al campamento, todavía podía escuchar los gritos y los tambores. Los tipos estaban lejos, pero los escuchaba como si los tuviera al lado. Me metí en la carpa con los chicos y me quedé toda la noche despierto con el chumbo en las manos… A la mañana los subí a todos al auto y salimos cagando. Pobres, no entendían nada…
Y… Como hace cinco años, días más, días menos. Nadie me creyó: ni la vieja, ni la cana, ni la concha de su madre, y un buen día me fui a la mierda y me vine para el rancho. A otra cosa. El resto ya lo conocés, pendejo: que el viejo está loco, que el viejo es un borracho… Vos tampoco me creés, se te ve en la cara. No importa, hacé lo que quieras: contá lo que te dijo el viejo loco o no le digas nada a nadie, me importa tres carajos. Ahora no jodas más y andate a dormir. Eso sí, pasame el vino que le doy un último beso, y me llevo el güisqui para el camino. No, no me jodás. Vos metete en la carpa y no salgás para nada; meate encima, pero no salgás. Tampoco apagues el fuego, eh, dejalo así que es mejor. Me traje el chumbo. Mirá qué lindo chumbo... Sí, ¿qué te creés? ¿Qué te pensabas? Se acaba hoy, pendejo. Tomate el vino, ponete bien en pedo y dormí. Si mañana estoy por acá, hablamos; si no, andate y no vuelvas más. Tené el cuchillo a mano, por las dudas, eh... Pero ¿qué hacés? ¡Dejame en paz! ¡Estoy harto de todo y de todos! ¡Sí, de vos también estoy harto, pendejo! Cualquier cosa, decile a los pibes que los quiero y mandá a la mierda a todos los demás. Qué sé yo, unas palabras lindas; yo no sirvo para esas cosas. Eso sí, ninguna mariconeada, eh.
No, callate y metete en la carpa. ¿Todavía no te das cuenta, pendejo? La escucho todo el tiempo… ¡A la piba, boludo! Se me metió en la cabeza y no quiere salir. Por eso me pongo en pedo, para olvidarla, para callarla… Y el problema es que, a veces, cuando estoy bien borracho, también escucho a los otros. Esos tambores y ese canto de mierda...
¡Estoy harto de escucharlos, pendejo! ¡Harto!
© Alejandro Andrade
Buenos Aires, agosto de 2009
Descubriendo a Pär Lagerkvist
La primera en llegar fue Sofía; ella siempre llegaba temprano. Media hora antes de lo pactado tocó a la puerta con aires de grandeza. Tuvieron que dejarla pasar, darle abrigo y hablarle como si fuera otro amigo más. Se sentó al lado de él y hasta tuvo la desfachatez de exigirle algo para tomar. ¿Pero quién se creía que era? ¿No se daba cuenta de que nadie la soportaba? Todo parecía indicar que no, que no se daba cuenta, aunque a veces se lo hacían tan evidente. Quizá sí lo sabía, todos pensaban en el fondo que no era tan idiota como aparentaba; a lo mejor creía que tarde o temprano, siempre que no los perdiera de vista, terminarían por aceptarla; o tal vez aquella era su forma de castigarlos por tanto maltrato disimulado y tantas risas a sus espaldas.
Así que Sofía llegó temprano y se sentó justo a su lado. Él la miró con cara de no me toqués, que disimuló con la excusa de un malestar estomacal. Le dijo que le dolía un poco el estómago, algo que no era del todo mentira, y para acentuar su afirmación dejó escapar una sonora flatulencia. Luego se disculpó, dejó la habitación y se encerró en el baño.
Pero qué pesada, qué ganas de molestar, siempre lo mismo, viejo… Había que bancársela, no quedaba otra, era amiga de Mariela y Mariela era una amiga; además, pobre mina, si no era por ellos, no salía con nadie, así que… A otra cosa. Resignado, se bajó los pantalones y se dispuso a hacer lo que había ido a hacer. Se sentó en el inodoro y, acto seguido, contrajo el abdomen e hizo fuerza hasta con los dientes. Nada, apenas un dolor de cabeza punzante y el mismo malestar de estómago, ahora acentuado por el esfuerzo. Miró en derredor, como pidiendo auxilio con la mirada, y posó la vista en el revistero que había en un rincón. Claro, ¿dónde más útil un revistero sino en el cuarto de baño? Miró un par de revistas de actualidad, intentó hacer mentalmente un crucigrama, luego llamó su atención un pequeño libro ajado, roñoso y maloliente. Lo tomó con ambas manos y lo revisó cuidadosamente. El título del libro era El enano, nada fuera de lo común, un nombre como cualquier otro.
Abrió el libro en una página al azar y leyó:
“La felicidad de la princesa Teodora depende de mí. Yo llevo su secreto en mi corazón, pero nunca se me ha escapado una palabra. ¿Por qué? No sé. La odio, quisiera verla muerta, quisiera verla arder en los fuegos del infierno, con las piernas abiertas y las llamas lamiéndole su vientre repugnante. Aborrezco la depravación de sus costumbres…”
Se detuvo. Algo había hecho clic en su cabeza. Buscó el nombre del autor en la portada: Pär Lagerkvist. No lo conocía, nunca lo había oído nombrar, no tenía la menor idea de quién era. Volvió a leer la frase, ahora completamente fascinado. Había una verdad oculta en aquellas palabras, una necesidad descubierta. Pero qué cosa más increíble había ocurrido: nunca se había puesto a pensar que cualquier día podía abrir un libro cualquiera, leer una frase al azar y que con solo eso su vida pudiese cambiar completamente en un abrir y cerrar de ojos. Tan relajado y contento se puso con su “descubrimiento divino” que escuchó, al fin, un golpe secó en el agua; inmediatamente sintió el bienestar en el estómago. Feliz, sonrío durante largos minutos. Luego se debatió entre quedarse a seguir leyendo un rato más o abandonar el trono; decidió salir, de todas formas, con esa sola frase había bastado. Ya era otro, no necesitaba seguir leyendo más; para eso existían los libros ¿o no? Para que la gente cambiase sin importar cuántas páginas leyesen. Así que se limpió rápidamente, guardó el libro en el revistero y salió del baño sin tirar la cadena, sin lavarse las manos, sin siquiera rociar el aire con el desodorante de ambiente, pensando en la posibilidad de que la próxima en entrar fuera Sofía; ojalá. Aquel horrible sorete sería su primera trampa de muchas.
Cuando volvió al comedor, Sofía estaba sentada en el mismo sillón, pero encima de su campera. Cerda, ¿acaso no se daba cuenta de que su culo estaba aplastando la campera? La odiaba, la aborrecía. Le tenía el mismo asco que el enano a la princesa Teodora. No obstante, se sentó a su lado, sin decirle nada sobre la campera, le sonrió sin un solo asomo de maldad, y le preguntó adónde le gustaría ir aquella noche. Sofía, contenta con la pregunta y con que alguien le dirigiera la palabra, enunció una larga lista de probabilidades, lugares todos tan mersos y desagradables como lo era ella misma. Qué sonrisa más estúpida que tenía, que vulgares eran sus palabras. Pero ya iba a cambiar, ya todo iba a cambiar, él la haría cambiar, ya vería.
En eso entró Joaquín, al grito de Mariela no viene, ahora qué corno hacemos. Él lo miró como si nada y luego, clavando su vista en los ojos de Sofía, le dijo que podrían ir a Tiroloco, tercer lugar en la lista de su apestosa compañera. Sofía sonrió hasta con los ojos y escupió un sí largo y agudo que taladró sus oídos, y le sonó parecido al grito de una rata. Él la tomó de las manos y le sonrió; luego le ofreció un chicle. Tras el asentimiento de su desagradable compañera, le puso un chicle en la boca con la misma mano con la que se había limpiado el culo; la misma que había rehusado a lavarse.
Joaquín, totalmente en desacuerdo con el lugar adonde su estimado amigo había propuesto ir, desistió inmediatamente de salir; total, era su casa y podía quedarse todo el tiempo que quisiera. ¿Y los otros? Que se fueran cuanto antes; que se quedara su amigo era una cosa, pero esa insoportable... No, eso era demasiado. Sofía se entristeció un segundo; luego, con ojos esperanzados, olvidándose completamente de Joaquín, le preguntó a él qué pensaba hacer. Cuando él le respondió que la noche todavía estaba en pañales, ella sonrió y chilló todavía más fuerte. El chillido aún salía de su boca mientras se alejaba por el pasillo, camino obligatorio para ir al baño.
Joaquín se lo quedó mirando con cara de idiota, como haciendo un esfuerzo enorme por comprender la situación, y él no le hizo caso. Se calzó la campera, que estaba tibia, algo que le desagradó, y esperó con paciencia el inevitable grito. ¡Qué asco! ¡No tiraron la cadena! El grito les llegó algo apagado, pero entendieron cada palabra. Los dos amigos sonrieron, y él aprovechó para confiarle a Joaquín que tampoco se había lavado las manos y para preguntarle si quería él también que le diera un chicle en la boca. Fue entonces cuando a Joaquín le cayó la ficha que le faltaba. Largó un sonoro qué hijo de puta y se desenvolvió en una estridente y contagiosa sonrisa.
Ambos rieron y se perdieron en una única carcajada que duró varios minutos.
Entre jadeos, Joaquín murmuró unas palabras inentendibles, algo así como que no se zarpara mucho. Él le respondió con un gesto bien ambiguo, el cual le decía que le prometía no ser tan despiadado, pero que también le prometía más carcajadas como aquella en el futuro próximo.
Después de todo, querida Teodora, amiga Sofía, la noche todavía estaba en pañales…
© Alejandro Andrade
Buenos Aires, junio del 2009
Publicado en Tatuajes del alma,
Creadores Argentinos, Septiembre de 2009.
Así que Sofía llegó temprano y se sentó justo a su lado. Él la miró con cara de no me toqués, que disimuló con la excusa de un malestar estomacal. Le dijo que le dolía un poco el estómago, algo que no era del todo mentira, y para acentuar su afirmación dejó escapar una sonora flatulencia. Luego se disculpó, dejó la habitación y se encerró en el baño.
Pero qué pesada, qué ganas de molestar, siempre lo mismo, viejo… Había que bancársela, no quedaba otra, era amiga de Mariela y Mariela era una amiga; además, pobre mina, si no era por ellos, no salía con nadie, así que… A otra cosa. Resignado, se bajó los pantalones y se dispuso a hacer lo que había ido a hacer. Se sentó en el inodoro y, acto seguido, contrajo el abdomen e hizo fuerza hasta con los dientes. Nada, apenas un dolor de cabeza punzante y el mismo malestar de estómago, ahora acentuado por el esfuerzo. Miró en derredor, como pidiendo auxilio con la mirada, y posó la vista en el revistero que había en un rincón. Claro, ¿dónde más útil un revistero sino en el cuarto de baño? Miró un par de revistas de actualidad, intentó hacer mentalmente un crucigrama, luego llamó su atención un pequeño libro ajado, roñoso y maloliente. Lo tomó con ambas manos y lo revisó cuidadosamente. El título del libro era El enano, nada fuera de lo común, un nombre como cualquier otro.
Abrió el libro en una página al azar y leyó:
“La felicidad de la princesa Teodora depende de mí. Yo llevo su secreto en mi corazón, pero nunca se me ha escapado una palabra. ¿Por qué? No sé. La odio, quisiera verla muerta, quisiera verla arder en los fuegos del infierno, con las piernas abiertas y las llamas lamiéndole su vientre repugnante. Aborrezco la depravación de sus costumbres…”
Se detuvo. Algo había hecho clic en su cabeza. Buscó el nombre del autor en la portada: Pär Lagerkvist. No lo conocía, nunca lo había oído nombrar, no tenía la menor idea de quién era. Volvió a leer la frase, ahora completamente fascinado. Había una verdad oculta en aquellas palabras, una necesidad descubierta. Pero qué cosa más increíble había ocurrido: nunca se había puesto a pensar que cualquier día podía abrir un libro cualquiera, leer una frase al azar y que con solo eso su vida pudiese cambiar completamente en un abrir y cerrar de ojos. Tan relajado y contento se puso con su “descubrimiento divino” que escuchó, al fin, un golpe secó en el agua; inmediatamente sintió el bienestar en el estómago. Feliz, sonrío durante largos minutos. Luego se debatió entre quedarse a seguir leyendo un rato más o abandonar el trono; decidió salir, de todas formas, con esa sola frase había bastado. Ya era otro, no necesitaba seguir leyendo más; para eso existían los libros ¿o no? Para que la gente cambiase sin importar cuántas páginas leyesen. Así que se limpió rápidamente, guardó el libro en el revistero y salió del baño sin tirar la cadena, sin lavarse las manos, sin siquiera rociar el aire con el desodorante de ambiente, pensando en la posibilidad de que la próxima en entrar fuera Sofía; ojalá. Aquel horrible sorete sería su primera trampa de muchas.
Cuando volvió al comedor, Sofía estaba sentada en el mismo sillón, pero encima de su campera. Cerda, ¿acaso no se daba cuenta de que su culo estaba aplastando la campera? La odiaba, la aborrecía. Le tenía el mismo asco que el enano a la princesa Teodora. No obstante, se sentó a su lado, sin decirle nada sobre la campera, le sonrió sin un solo asomo de maldad, y le preguntó adónde le gustaría ir aquella noche. Sofía, contenta con la pregunta y con que alguien le dirigiera la palabra, enunció una larga lista de probabilidades, lugares todos tan mersos y desagradables como lo era ella misma. Qué sonrisa más estúpida que tenía, que vulgares eran sus palabras. Pero ya iba a cambiar, ya todo iba a cambiar, él la haría cambiar, ya vería.
En eso entró Joaquín, al grito de Mariela no viene, ahora qué corno hacemos. Él lo miró como si nada y luego, clavando su vista en los ojos de Sofía, le dijo que podrían ir a Tiroloco, tercer lugar en la lista de su apestosa compañera. Sofía sonrió hasta con los ojos y escupió un sí largo y agudo que taladró sus oídos, y le sonó parecido al grito de una rata. Él la tomó de las manos y le sonrió; luego le ofreció un chicle. Tras el asentimiento de su desagradable compañera, le puso un chicle en la boca con la misma mano con la que se había limpiado el culo; la misma que había rehusado a lavarse.
Joaquín, totalmente en desacuerdo con el lugar adonde su estimado amigo había propuesto ir, desistió inmediatamente de salir; total, era su casa y podía quedarse todo el tiempo que quisiera. ¿Y los otros? Que se fueran cuanto antes; que se quedara su amigo era una cosa, pero esa insoportable... No, eso era demasiado. Sofía se entristeció un segundo; luego, con ojos esperanzados, olvidándose completamente de Joaquín, le preguntó a él qué pensaba hacer. Cuando él le respondió que la noche todavía estaba en pañales, ella sonrió y chilló todavía más fuerte. El chillido aún salía de su boca mientras se alejaba por el pasillo, camino obligatorio para ir al baño.
Joaquín se lo quedó mirando con cara de idiota, como haciendo un esfuerzo enorme por comprender la situación, y él no le hizo caso. Se calzó la campera, que estaba tibia, algo que le desagradó, y esperó con paciencia el inevitable grito. ¡Qué asco! ¡No tiraron la cadena! El grito les llegó algo apagado, pero entendieron cada palabra. Los dos amigos sonrieron, y él aprovechó para confiarle a Joaquín que tampoco se había lavado las manos y para preguntarle si quería él también que le diera un chicle en la boca. Fue entonces cuando a Joaquín le cayó la ficha que le faltaba. Largó un sonoro qué hijo de puta y se desenvolvió en una estridente y contagiosa sonrisa.
Ambos rieron y se perdieron en una única carcajada que duró varios minutos.
Entre jadeos, Joaquín murmuró unas palabras inentendibles, algo así como que no se zarpara mucho. Él le respondió con un gesto bien ambiguo, el cual le decía que le prometía no ser tan despiadado, pero que también le prometía más carcajadas como aquella en el futuro próximo.
Después de todo, querida Teodora, amiga Sofía, la noche todavía estaba en pañales…
© Alejandro Andrade
Buenos Aires, junio del 2009
Publicado en Tatuajes del alma,
Creadores Argentinos, Septiembre de 2009.
Otra vez
Cuando llego a casa, lo primero que hago es dejarme caer pesadamente sobre el sillón. Es entonces que los acontecimientos, todo lo sucedido desde la mañana se me viene encima. Por Dios, ¡qué día! ¡Qué excelente día, qué brillante día! ¿Hace cuánto tiempo que no me pasa algo como esto? Meses, años, toda la vida. Pensar que a la mañana me sentía un inútil, un completo imbécil, un desperdicio de ser humano. Y ahora, no, claro que no; ahora yo tengo la razón, ahora por fin las cosas empiezan a cambiar. Se me hizo, al fin se me hizo.
Me levanto del sillón, me cuesta horrores resignarme a perder su cómodo abrazo. Voy hacia la computadora, la enciendo. Luego me dejo caer sobre la silla giratoria, frente al escritorio. Veo la pantalla oscura, que de un momento a otro comenzará a cargar los programas, y pienso, otra vez, en lo sucedido, lo imposible. ¿Yo? ¿Yo, señor? Pero si el estudio está casi en banca rota, si la carrera de publicista tiene miles de competidores mejores que yo, ¿está seguro de que me eligió a mí? Sí, señor. Casi imposible, pero cierto. Es verdad: yo, Gabriel Vicentín, 27 años, tres de recibido, dos de casado, uno sin trabajo; yo, el hijo estúpido, el vago; yo, el nuevo Asesor de imagen presidencial. Sí, escúchenme bien: ¡yo! ¡Gracias, Fernando!
La computadora tarda miles de años, me contengo de darle una patada; estoy de muy buen humor y no quiero amargarme. Sin embargo, mi mirada se cruza con la foto de la vieja (digo yo, ¿para qué tengo una foto de la vieja en el escritorio?) y me la quedo mirándola un rato largo, con extraña fascinación. Sí, vieja, ¿quién tenía razón al final? ¿Te das cuenta? Tantos años gritándome, tanta malasangre te hiciste, y yo te lo dije miles de veces: algún día las cosas se iban a revertir. Y vos, dale con lo mismo, que no sirvo para nada, que otra vez, que… Nada, ya fue, viejita, mamita, esta vez tengo razón yo, ahora es mi turno de reírme. Después te llamo y te cuento, dejame disfrutar de este momento.
Volteo la foto y vuelco mi atención en la computadora. Quiero escribirle un mail a Facundo, que está en España, ganando en euros; ya no aguanto de la felicidad que tengo. Yo sabía que me tenía que quedar, que las cosas en algún momento tenían que empezar a mejorar, no podía ser que tuviera siempre tanta mala suerte. ¿Viste, Facundo? Había que aguantar nomás; ya sé, a vos te va bárbaro, pero estás lejos de la familia, de los amigos. Había que aguantar, hermano, y apostar por el país. Ya sé, las cosas están jodidas, y estos nunca supieron gobernar, pero hay que bajar la cabeza y seguir para adelante. Siempre hay que darle para adelante.
Escribo un mail largo y lo envío ni bien lo termino; no quiero darme la oportunidad de corregirlo o de arrepentirme de las cosas que escribí. A fin de cuenta, todo lo que escribí es verdad, y algún día tenía que decirse. Luego me acomodo sobre la silla y pienso en Constanza. ¿Qué estarás haciendo en este momento, mi amor? ¿Estarás fantanseando, quizá, con este presente, con esta salvación? ¿Y si te llamo y te cuento? No, para qué; después la Directora te tiene como loca por usar el teléfono. Está bien, puedo esperar hasta la noche para contarte.
Me estiro todo lo que puedo. Al mismo tiempo, doy un largo, profundo y desagradable bostezo. ¿Y qué?, le digo a la habitación con semblante amenazante, como si los muebles, todos los objetos, me reprocharan aquel reprobable bostezo. Hoy tengo el derecho de ser lo que yo quiera ser, de hacer todo lo que se me venga en gana. En pleno proceso de mutación profesional, proceso que hoy mismo comienza y ya siento sobre mi cuerpo, el mundo se abre y se me ofrece todo. Hasta ayer era un desocupado más que estaba a punto de perder el departamento, el estudio, la esposa, la felicidad, la vida; hoy todo dio un giro de 180 grados: soy uno de los publicistas más exitosos del país, sino el más envidiado, y el futuro, al menos por los dos años que quedan de gobierno, parece asegurado. Claro que después habrá que ver qué hago, digo, cuando se acabe este gobierno. Pero para eso falta mucho todavía, y con la guita que vamos a recibir vamos a poder ahorrar otra vez, viajar a Brasil de vacaciones, a Punta o a Miami, hacer todo lo que queramos. Mañana mismo voy al banco y saco los dólares que quedan; con eso pago la cuota de la casa, me compro unos cuantos trajes y la llevo a Constanza a cenar a algún buen restaurant de las Cañitas. Pensar que ayer discutí con ella sobre los dólares. Que había que esperar hasta fin de año, que con estos nunca se sabe … Por Dios, quién hubiera imaginado este presente, este regalo de la vida.
Observo la foto de la vieja dada vuelta y decido que estoy con humor suficiente como para llamarla; tengo ganas de hacerla rabiar. Tomo el teléfono y marco una serie de números. El articular me devuelve un tono interrumpido; suena, suena, suena. De repente me atiende el contestador; enojado, corto con violencia. ¡Justo ahora tenías que salir, vieja! Pero me calmo rápidamente: recuerdo que estoy de buen humor y que la vida me sonríe por primera vez en la vida.
Sumergido, nuevamente, en ese estado de felicidad total, me quedo un segundo sin saber qué hacer. El proyecto empieza la semana que viene, tengo tiempo de sobra y no tengo ganas de comenzar a preocuparme con eso; ya habrá tiempo para la malasangre y todas esas cosas; hoy quiero disfrutar. ¿Qué hago entonces…? Decido volver a la computadora y pasar la siguiente hora y media, quizá dos, hasta que vuelva Constanza al menos, jugando al Age of Empire’s. Total, hoy no me va a dar culpa para nada.
Tomó el mouse y busco el acceso directo del juego. Cuando lo encuentro, hago el consabido doble clic y luego me acomodo en la silla y espero con paciencia extrema a que cargue el juego; pueden pasar largos y lentos minutos. Me reclino, siento el crujir de la silla, y dibujo una sonrisa con los labios. Cierro los ojos e imagino la cara de Constanza, el mail de Facundo, la voz y la bronca de la vieja. ¡Qué gran día para ser yo, para ser argentino, para estar en Buenos Aires!
Cuando vuelvo a abrir los ojos, luego de observar que el juego todavía no ha arrancado y de reprimir, otra vez, una patada contra la computadora, caigo en cuenta de que el calendario sobre el monitor está tremendamente atrasado. ¿Cómo 23? No puede ser, ¿hace cuánto que no lo cambio? A ver, qué día es hoy. Llevo el cursor hasta el ícono de la hora, pero la computadora está tan trabada que ni siquiera sirve para eso. Fastidiado, revuelvo los recuerdos en mi memoria. A ver: el lunes fue 27, hoy es viernes, ¿qué fecha es hoy? Recito mentalmente: 30 días tiene noviembre, con abril, junio y… ¿Y? ¡Primero! Hoy es primero. ¿Ya? ¿Tan rápido? Cómo se pasa el tiempo, cómo vuela, cómo nos consume. Pero, indefectiblemente, es cierto. Hoy, un día fantástico para ser yo, y para ser radical, por qué no; hoy, un día grandioso e histórico; hoy es primero.
Primero de diciembre de 2001.
© Alejandro Andrade
Buenos Aires, junio del 2009
Me levanto del sillón, me cuesta horrores resignarme a perder su cómodo abrazo. Voy hacia la computadora, la enciendo. Luego me dejo caer sobre la silla giratoria, frente al escritorio. Veo la pantalla oscura, que de un momento a otro comenzará a cargar los programas, y pienso, otra vez, en lo sucedido, lo imposible. ¿Yo? ¿Yo, señor? Pero si el estudio está casi en banca rota, si la carrera de publicista tiene miles de competidores mejores que yo, ¿está seguro de que me eligió a mí? Sí, señor. Casi imposible, pero cierto. Es verdad: yo, Gabriel Vicentín, 27 años, tres de recibido, dos de casado, uno sin trabajo; yo, el hijo estúpido, el vago; yo, el nuevo Asesor de imagen presidencial. Sí, escúchenme bien: ¡yo! ¡Gracias, Fernando!
La computadora tarda miles de años, me contengo de darle una patada; estoy de muy buen humor y no quiero amargarme. Sin embargo, mi mirada se cruza con la foto de la vieja (digo yo, ¿para qué tengo una foto de la vieja en el escritorio?) y me la quedo mirándola un rato largo, con extraña fascinación. Sí, vieja, ¿quién tenía razón al final? ¿Te das cuenta? Tantos años gritándome, tanta malasangre te hiciste, y yo te lo dije miles de veces: algún día las cosas se iban a revertir. Y vos, dale con lo mismo, que no sirvo para nada, que otra vez, que… Nada, ya fue, viejita, mamita, esta vez tengo razón yo, ahora es mi turno de reírme. Después te llamo y te cuento, dejame disfrutar de este momento.
Volteo la foto y vuelco mi atención en la computadora. Quiero escribirle un mail a Facundo, que está en España, ganando en euros; ya no aguanto de la felicidad que tengo. Yo sabía que me tenía que quedar, que las cosas en algún momento tenían que empezar a mejorar, no podía ser que tuviera siempre tanta mala suerte. ¿Viste, Facundo? Había que aguantar nomás; ya sé, a vos te va bárbaro, pero estás lejos de la familia, de los amigos. Había que aguantar, hermano, y apostar por el país. Ya sé, las cosas están jodidas, y estos nunca supieron gobernar, pero hay que bajar la cabeza y seguir para adelante. Siempre hay que darle para adelante.
Escribo un mail largo y lo envío ni bien lo termino; no quiero darme la oportunidad de corregirlo o de arrepentirme de las cosas que escribí. A fin de cuenta, todo lo que escribí es verdad, y algún día tenía que decirse. Luego me acomodo sobre la silla y pienso en Constanza. ¿Qué estarás haciendo en este momento, mi amor? ¿Estarás fantanseando, quizá, con este presente, con esta salvación? ¿Y si te llamo y te cuento? No, para qué; después la Directora te tiene como loca por usar el teléfono. Está bien, puedo esperar hasta la noche para contarte.
Me estiro todo lo que puedo. Al mismo tiempo, doy un largo, profundo y desagradable bostezo. ¿Y qué?, le digo a la habitación con semblante amenazante, como si los muebles, todos los objetos, me reprocharan aquel reprobable bostezo. Hoy tengo el derecho de ser lo que yo quiera ser, de hacer todo lo que se me venga en gana. En pleno proceso de mutación profesional, proceso que hoy mismo comienza y ya siento sobre mi cuerpo, el mundo se abre y se me ofrece todo. Hasta ayer era un desocupado más que estaba a punto de perder el departamento, el estudio, la esposa, la felicidad, la vida; hoy todo dio un giro de 180 grados: soy uno de los publicistas más exitosos del país, sino el más envidiado, y el futuro, al menos por los dos años que quedan de gobierno, parece asegurado. Claro que después habrá que ver qué hago, digo, cuando se acabe este gobierno. Pero para eso falta mucho todavía, y con la guita que vamos a recibir vamos a poder ahorrar otra vez, viajar a Brasil de vacaciones, a Punta o a Miami, hacer todo lo que queramos. Mañana mismo voy al banco y saco los dólares que quedan; con eso pago la cuota de la casa, me compro unos cuantos trajes y la llevo a Constanza a cenar a algún buen restaurant de las Cañitas. Pensar que ayer discutí con ella sobre los dólares. Que había que esperar hasta fin de año, que con estos nunca se sabe … Por Dios, quién hubiera imaginado este presente, este regalo de la vida.
Observo la foto de la vieja dada vuelta y decido que estoy con humor suficiente como para llamarla; tengo ganas de hacerla rabiar. Tomo el teléfono y marco una serie de números. El articular me devuelve un tono interrumpido; suena, suena, suena. De repente me atiende el contestador; enojado, corto con violencia. ¡Justo ahora tenías que salir, vieja! Pero me calmo rápidamente: recuerdo que estoy de buen humor y que la vida me sonríe por primera vez en la vida.
Sumergido, nuevamente, en ese estado de felicidad total, me quedo un segundo sin saber qué hacer. El proyecto empieza la semana que viene, tengo tiempo de sobra y no tengo ganas de comenzar a preocuparme con eso; ya habrá tiempo para la malasangre y todas esas cosas; hoy quiero disfrutar. ¿Qué hago entonces…? Decido volver a la computadora y pasar la siguiente hora y media, quizá dos, hasta que vuelva Constanza al menos, jugando al Age of Empire’s. Total, hoy no me va a dar culpa para nada.
Tomó el mouse y busco el acceso directo del juego. Cuando lo encuentro, hago el consabido doble clic y luego me acomodo en la silla y espero con paciencia extrema a que cargue el juego; pueden pasar largos y lentos minutos. Me reclino, siento el crujir de la silla, y dibujo una sonrisa con los labios. Cierro los ojos e imagino la cara de Constanza, el mail de Facundo, la voz y la bronca de la vieja. ¡Qué gran día para ser yo, para ser argentino, para estar en Buenos Aires!
Cuando vuelvo a abrir los ojos, luego de observar que el juego todavía no ha arrancado y de reprimir, otra vez, una patada contra la computadora, caigo en cuenta de que el calendario sobre el monitor está tremendamente atrasado. ¿Cómo 23? No puede ser, ¿hace cuánto que no lo cambio? A ver, qué día es hoy. Llevo el cursor hasta el ícono de la hora, pero la computadora está tan trabada que ni siquiera sirve para eso. Fastidiado, revuelvo los recuerdos en mi memoria. A ver: el lunes fue 27, hoy es viernes, ¿qué fecha es hoy? Recito mentalmente: 30 días tiene noviembre, con abril, junio y… ¿Y? ¡Primero! Hoy es primero. ¿Ya? ¿Tan rápido? Cómo se pasa el tiempo, cómo vuela, cómo nos consume. Pero, indefectiblemente, es cierto. Hoy, un día fantástico para ser yo, y para ser radical, por qué no; hoy, un día grandioso e histórico; hoy es primero.
Primero de diciembre de 2001.
© Alejandro Andrade
Buenos Aires, junio del 2009
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